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No me regales perlas

(Santo Domingo, 18 noviembre 2017). - Si algo aprendimos de los formalistas rusos fue que la obra literaria tiene dos dimensiones: la del autor y su obra y la del lector y su interpretación.

El poemario: “No me regales perlas” de Marivell Contreras es una viva expresión de ese postulado. En él se muestra el resultado de una escritora madura, que exhibe una producción asentada. Al leerla se deja traslucir, más que lirismo, una poética. Su arte se disemina con una encantadora sutileza en cada uno de los versos. A quienes hemos tenido la oportunidad de leer todos los libros de Contreras, vemos en esta producción todas sus inquietudes poéticas consolidadas en un firme sustrato que revela su personalidad creadora. Aquí su mundo interior sobrepasa la imagen para darle paso al símbolo como eje perpetuador su voz poética.

El libro empieza con un epígrafe que ata el silencio al dolor que flota liberado por el olvido.

La densidad de este poema de cuatro versos advierte al lector un encuentro con unas emociones destiladas por el tiempo y concentradas por una voz que no se sorprende ante la ferocidad de ningún demonio, ni ante la dulzura de ningún caballero.

Esto así, porque solo el recuerdo logra darle a lo vivido la anatomía de experiencia.

“No me regales perlas” es una propuesta para empezar a ver lo esencial de la vida sin temores, pero con una extraña sutileza. Porque el riesgo, ya no es riesgo, ya que no hay ansia de retorno, si no una estancia para encontrarse consigo mismo. Al final, lo único que puede perderse en esta travesía es el miedo, ese fantasma que aplasta toda huella de identidad.

A este libro, lo envuelve la aterradora certeza de saber las consecuencias de los errores antes de incurrir en ellos.

Como una fuerza premonitoria que advierte la desgracia, pero no le teme. Como si fuera posible una conversación entre lo vivo y lo muerto; como si desde la vitalidad, se enfrentara a la muerte sin el temor de caer en sus brazos. En ese punto, la muerte retrocede, no por temor, obviamente, sino por un extraño y profundo respeto.

Aquí, el tiempo discurre entre el pasado y el presente. El futuro es un enigma de símbolos indescifrables que no pretende develarse, ni siquiera ante la opulencia de la palabra. Es un tránsito, cada vez con menos retornos, entre el hoy y el ayer.

Porque nada se desprende mejor del pasado que la dulzura de un recuerdo recuperado por la nostalgia. Así tampoco, nadie construye futuro sin la inocencia. Y este libro, a lo único que se le permite ingenuidad, es al propio deseo de creerse historias infinitas.

 

Por Ibeth Guzmán

Columna vivencias ¿Qué leer? 

Fuente: Listín Diario