(Santo Domingo, 9 marzo 2017 – Juan Daniel Balcácer). – Francisco del Rosario Sánchez nació en la villa de Santo Domingo el 9 de marzo de 1817, en la calle Del Tapado o Tapao, hoy 19 de marzo, casa No. 15. Sus padres fueron los señores Narciso Sánchez y Olaya del Rosario. De su adolescencia se tienen escasas noticias. Y sobre su formación intelectual se conoce muy poco. Se sabe, sin embargo, que durante la Dominación Haitiana sus primeros estudios los realizó en las mejores escuelas particulares de Santo Domingo y que luego perfeccionó sus conocimientos bajo las enseñanzas de los presbíteros Antonio Gutiérrez y Gaspar Hernández. Hacia 1838, cuando fue fundada la sociedad secreta La Trinitaria, se dedicaba a fabricar peines de concha de carey; es decir, desempeñaba el oficio, típico de esa época, conocido como peinetero en concha. Posteriormente, ya proclamada la República Dominicana, incursionó en el campo del derecho pragmático y devino Defensor Público, profesión en la que descolló con notable éxito. En 1849 casó con Balbina de Peña, con quien procreó dos hijos: Juan Francisco y Manuel de Jesús Sánchez. Fruto de sus relaciones con la señora Leoncia Rodríguez, durante su primer exilio en 1846, nació Eulalia, primogénita del prócer. En los trabajos revolucionarios Aunque no figuró entre los nueve fundadores de La Trinitaria, por sus cualidades personales y por sus estrechos vínculos con Duarte –a quien al parecer conoció en las clases de filosofía que impartía el presbítero Gaspar Hernández–, Sánchez se convirtió en uno de los más destacados adeptos de la benemérita agrupación revolucionaria. En 1843 participó en la Revolución de la Reforma. En julio de ese mismo año, por encargo de Juan Pablo Duarte, visitó Los Llanos en misión revolucionaria, hospedándose en casa de Vicente Celestino Duarte, quien era el enlace de los trinitarios en todo lo concerniente al Oriente de la parte española de la isla. En julio de 1843, consecuencia de la inesperada visita a Santo Domingo del presidente haitiano Charles Herard, cuyo propósito era desarticular el movimiento revolucionario y reducir a prisión a sus principales cabecillas, es decir a Duarte, Pérez y Pina, éstos se vieron forzados a ocultarse para luego abandonar la isla, en razón de la obstinada persecución de que fueron objeto por parte de las tropas haitianas. Sánchez, quién se había unido a su jefe político la misma noche del día en que éste se ocultó, no pudo acompañarlo al destierro debido a que estaba muy enfermo. Se dice que sus amigos aprovecharon esta circunstancia para propalar la falsa especie de su muerte y que hasta simularon un funeral en el patio de la Iglesia del Carmen. Proclamación de la República Durante la ausencia de los principales dirigentes del partido duartista, Francisco del Rosario Sánchez, Vicente Celestino Duarte y Ramón Matías Mella, que habían sido de los adeptos más destacados de La Trinitaria, permanecieron al frente de los asuntos revolucionarios. Ellos mantuvieron permanente contacto con Duarte, a quien le solicitaron que gestionara en Venezuela, donde se había radicado temporalmente, alguna ayuda económica al igual que pertrechos militares para la Revolución. Los esfuerzos realizados por Duarte, empero, no resultaron muy exitosos; y a no ser porque el sector conservador decidió unirse al movimiento hacia finales de 1843, la separación de Haití no se hubiera convertido en un hecho concreto, cosa que como sabemos acaeció la noche del 27 de febrero de 1844. Político pragmático Francisco del Rosario Sánchez fue el más jovial y alegre de aquellos gladiadores de reciedumbre espartana que nos legaron el Estado dominicano, y quien siempre exhibió un acendrado fervor patriótico defendiendo el derecho del pueblo dominicano a la autodeterminación y a la soberanía nacional. Sánchez era alto, muy alto, de piel oscura, de contextura delgada, y sobremanera circunspecto. Poseedor de un fino sentido del humor, se destacaba entre sus amigos por su constante sonrisa, siempre a flor de labios. Al igual que sus demás compañeros de lucha, Sánchez también sintió en lo más profundo de su alma la necesidad de separar las comunidades haitiana y dominicana para proporcionarle a su pueblo un Estado-nación democrático, libre e independiente. Y hacia esos nobles objetivos dedicó sus anhelos y esfuerzos de juventud. Proclamada la República, y tras reintegrarse al país después de su primer exilio, que duró cuatro años, pudo haber vivido holgadamente de su profesión como Defensor Público, alejado del con frecuencia poco halagador mundo de la política. Sin embargo, prefirió incorporarse militantemente al proceso social que experimentó el país después del 27 de febrero de 1844 con el firme propósito de velar porque a sus compatriotas no se les vedara el derecho a no depender colonialmente de ningún poder extranjero. Fue un hombre de coyunturas, que siempre actuó conforme a los dictados de su conciencia, siempre alerta contra cualesquiera intentos foráneos para aniquilar la República Dominicana. Mientras dispuso de vigor y energía para ofrecer su concurso a la defensa de la soberanía nacional, lo hizo sin reparar en la magnitud del sacrificio que la Historia suele deparar a los hombres excepcionales. Se podrá o no estar de acuerdo con algunas de sus posiciones públicas en determinadas circunstancias de su trayectoria política. Pero sería injusto soslayar, o relegar a un plano de segundo orden, su irreductible convicción revolucionaria y su firme adhesión al esquema duartista de liberación nacional. Cada vez que fue necesario luchar para preservar la autonomía nacional, su presencia no se hizo esperar, ya fuera al través de la tribuna pública o en el campo de batalla. En una de esas fervorosas demostraciones de inquebrantable fe en las potencialidades del pueblo dominicano para sostener su independencia, Francisco del Rosario Sánchez ofreció su vida para convertirse en uno de los más excelsos mártires del patriotismo dominicano. Cuando la infausta tempestad de la anexión a España se cernía sobre el incierto horizonte de la Patria, y sus demoledores vientos amenazaban con devastar todo vestigio de libertades públicas y de autogobierno, Sánchez se hizo eco del sentir popular que ya se había acostumbrado a disfrutar de